Si bien nuestro cuerpo y nuestra mente están fluyendo en un proceso continuo, hay un centro, un observador en nosotros (que también podríamos llamar conciencia o espíritu). Normalmente, no solemos estar conscientes de este observador.
Al no ser conscientes de él, éste se identifica con diferentes aspectos del proceso. Como un actor que cree ser los personajes que interpreta. Cada uno tiene un cierto repertorio de personajes. Algunos de esos personajes los podemos reconocer como nuestros roles: hija, madre, hermana, esposo, amigo, trabajador, etc. Pero también damos vida a otros personajes que no siempre vemos: amable, irascible, crítico, inseguro, paciente, ansioso,
etc.
¿Cómo nos damos cuenta de ello? Por ejemplo, en un momento en el que nos sentimos confiados y seguros podemos pensar: soy inteligente, soy amable, soy osada/osado. Pero en otras circunstancias más adversas, pensamos: qué tonta/tonto que soy, he sido cruel, o soy miedosa/miedoso. A veces tenemos identificaciones más fuertes con alguno de esos roles y no cambian tan fácilmente. Probablemente se han establecido en nuestra infancia, o a lo largo de nuestras experiencias, y se han convertido en una parte constitutiva de nuestra personalidad.
Somos energía en movimiento, y esa energía va tomando diferentes formas y expresiones.
Continuamente nos vamos identificando con esas facetas o compuestos de nuestro ser, que varían según las circunstancias o nuestros estados interiores. Mientras este proceso es inconsciente, sufrimos, ya sea porque esas características nos dificultan la vida o las relaciones, o porque nos vemos sujetos a vaivenes que no podemos manejar.
Llamamos a esto “ignorancia”. Ignorancia de nuestro propio ser, de la forma en que operan en nosotros estos compuestos o fuerzas. Por eso, tiene tanto sentido dedicarnos a un trabajo interior permanente, a la búsqueda de conocernos a nosotros mismos.
Es posible salir fuera de ese juego y observarnos.
La primera pregunta clave es ¿quién soy yo en realidad?, ¿qué soy en esencia? Si todos esos personajes que encarnamos son transitorios, podemos comprender que, en esencia, no somos ninguno de ellos, sino que esas son manifestaciones de los compuestos que conforman el vehículo con el cual vivimos, nos manifestamos y experimentamos.
Como operamos dentro de un proceso fluido (el devenir), conocer ese vehículo es una tarea que no se acaba nunca. Hay preguntas que nos permiten estar despiertos ¿con qué imagen de mí misma/mismo o con qué faceta me estoy identificando? ¿qué se está manifestando de mi persona en este instante?
El trabajo interior nos ayuda a ir sacando capas, como las múltiples capas de una cebolla, y nos vamos acercando a nuestro centro interior, esa energía puramente espiritual.
Podemos descubrir ese centro interno, podemos posicionarnos conscientemente en ese observador. Podemos intuir ese observador cuando, frente a la pregunta ¿quién soy?, nos preguntamos ¿quién hace esta pregunta?
