La Renuncia no implica pasividad. La acción desde la perspectiva de la Renuncia implica
actuar en el momento oportuno con todo nuestro potencial. Por ejemplo, si tenemos un
trabajo que hacer o una responsabilidad que atender, no nos preguntamos si tenemos
ganas o si estamos de buen humor, sino que enfocamos nuestra atención en eso y
respondemos lo mejor que podemos, como si eso fuera lo más importante del mundo.
Una vez realizada la tarea, pasamos a otra cosa, no nos atamos a los resultados, no nos
Nos apropiamos de los logros, no esperamos reconocimiento. Nuestra única satisfacción es la
tarea bien realizada, es haber dado todo de sí. Esta actitud multiplica nuestra capacidad de
acción y de plasmación. Es lo que nuestras enseñanzas llaman un “acto puro” o “ascética
sin logro”.
Hay una plenitud y sensación de libertad que solo se puede experimentar cuando actuamos
con el máximo potencial y, a la vez, con una completa ofrenda de los resultados. Una acción
de tal naturaleza tiene un efecto de dimensiones incalculables. Sin acción efectiva no hay Renuncia.
La Renuncia tiene sentido cuando la intención que nos mueve es la de servir con nuestra vida a todos los seres humanos, es decir, cuando se expresa en la actitud de participación.
La intención es como una flecha que lanzamos desde el centro de nuestro ser. Marca nuestro camino, guía todo nuestro hacer y determina el alcance de los resultados. La participación es esa flecha que lanzamos desde nuestro corazón cuando abrazamos nuestro compromiso con la Humanidad.
La gran alquimia de la participación es que, siendo seres humanos comunes y limitados
como cualquier otro, nuestra vida alcanza una dimensión trascendente que se proyecta en
el Cuerpo Místico.
Todo lo que vivimos, nuestros aciertos, nuestros errores, nuestras alegrías, nuestros dolores, los ponemos en el marco de la vida de todos los seres. Esto da a nuestras experiencias personales una dimensión relativa. Dejamos de percibirnos como el centro de lo que sucede para percibirnos como una parte infinitesimal del universo que nos contiene.
Nuestros sufrimientos no son solo nuestros, sino que los vivimos como algo que nos permite estar cerca del sufrimiento de todos los seres humanos. Cualquier logro que alcancemos, es un logro de la Humanidad.